DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA NACIONAL DE LA CONFERENCIA ITALIANA DE SUPERIORES MAYORES (CISM)

1 Dic, 2014 | Año de la vida consagrada

Sala Clementina
Viernes 7 de noviembre de 2014

Queridos hermanos:
Os doy la bienvenida y os agradezco vuestra acogida, en especial doy las gracias al padre presidente por haber introducido nuestro encuentro, que tiene lugar al término de vuestra asamblea nacional. A la luz de lo que he escuchado de vuestro trabajo, quisiera compartir con vosotros algunos puntos de referencia para el camino.
Ante todo, la vida religiosa ayuda principalmente a la Iglesia a realizar esa «atracción» que la hace crecer, porque ante el testimonio de un hermano o de una hermana que vive de verdad la vida religiosa, la gente se pregunta: « ¿qué hay aquí?», « ¿qué es lo que impulsa a esta persona a ir más allá del horizonte mundano?». Diría que esta es la primera cuestión: ayudar a la Iglesia a crecer por la vía de la atracción. Sin preocuparse por juntar prosélitos: ¡atracción!
Lo hemos escuchado en el Evangelio del miércoles pasado: si uno «no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 33). Esta decisión, de diversas formas, se pide a todo cristiano. Pero nosotros religiosos estamos llamados a dar un testimonio de profecía. El testimonio de una vida evangélica es lo que distingue al discípulo misionero y en especial a quien sigue al Señor por la senda da la vida consagrada. Y el testimonio profético coincide con la santidad. La profecía auténtica jamás es ideológica, no está enfrentada con la institución: es institución. La profecía es institucional. La profecía auténtica no es ideológica, no va «a la moda», sino que es siempre un signo de contradicción según el Evangelio, así como era Jesús. Jesús, por ejemplo, fue un signo de contradicción para las autoridades religiosas de su tiempo: jefes de los fariseos y de los saduceos, doctores de la ley. Y lo fue también para otras denominaciones y propuestas: esenios, zelotes, etc. Signo de contradicción.
Os agradezco el trabajo que habéis hecho en estos días, como decía el padre presidente: un trabajo que ayuda a seguir adelante en el camino trazado por la Evangelii gaudium. Él usó una bella expresión, dijo: «no queremos combatir batallas de retroguardia, de defensa, sino entregarnos entre la gente», con la certeza de fe que Dios siempre hace brotar y madurar su reino. Esto no es fácil, no se da por descontado; requiere conversión; requiere ante todo oración y adoración. Por favor, adoración. Y requiere compartir con el pueblo santo de Dios que vive en las periferias de la historia. Descentrarse. Todo carisma, para vivir y ser fecundo, está llamado a descentrarse, para que en el centro esté sólo Jesucristo. El carisma no se debe conservar como una botella de agua destilada, se debe hacer fructificar con valentía, confrontándolo con la realidad presente, con las culturas, con la historia, como nos enseñan los grandes misioneros de nuestros institutos.
La vida fraterna es un signo claro que la vida religiosa está llamada a dar hoy. Por favor, que no tenga lugar entre vosotros el terrorismo de las habladurías. Sacadlo fuera. Que haya fraternidad. Y si tú tienes algo contra el hermano, se lo dices de frente… Algunas veces acabarás a los golpes, no es un problema: es mejor esto que el terrorismo de las habladurías. Hoy la cultura dominante es individualista, centrada en los derechos subjetivos. Es una cultura que corroe la sociedad a partir de su célula primaria que es la familia. La vida consagrada puede ayudar a la Iglesia y a toda la sociedad dando testimonio de fraternidad, que es posible vivir juntos como hermanos en la diversidad: ¡esto es importante! Porque en la comunidad uno no elige con anticipación, allí se encuentran personas distintas por carácter, edad, formación, sensibilidad… sin embargo, se trata de vivir como hermanos. No siempre se logra, vosotros lo sabéis bien. Muchas veces nos equivocamos, porque todos somos pecadores, pero se reconoce el hecho de haberse equivocado, se pide perdón y se ofrece el perdón. Y esto hace bien a la Iglesia: hace circular en el cuerpo de la Iglesia la savia de la fraternidad. Y hace bien también a toda la sociedad.
Pero esta fraternidad presupone la paternidad de Dios y la maternidad de la Iglesia y de la Madre, la Virgen María. Cada día tenemos que volver a ponernos en esta relación, y lo podemos hacer con la oración, la Eucaristía, la adoración, el Rosario. Así renovamos cada día nuestro «estar» con Cristo y en Cristo, y así nos introducimos en la relación auténtica con el Padre que está en el cielo y con la Madre Iglesia, nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica, y la Madre María. Si nuestra vida se sitúa siempre de nuevo en estas relaciones fundamentales, entonces estamos en condiciones de vivir también una fraternidad auténtica, una fraternidad testimonial, que atrae.
Queridos hermanos, os dejo estas sencillas pistas, sobre las cuales ya estáis caminando. Os animo a seguir adelante y os acompaño por este camino. Que el Señor os bendiga y bendiga a todas vuestras comunidades, especialmente a las que son más probadas y a las que más sufren. Y os doy las gracias por la oración con la que me acompañáis a mí y mi servicio a la Iglesia. ¡Gracias!

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